03 marzo 2013

El retorno


Guillo entra a su casa con prisa para que no lo vea su madre.

Corre a su cuarto y se mira ante el espejo: jadea un poco: desaliñado y sudoroso. Se quita los zapatos con calma, la camisa con cierta cadencia, el pantalón lentamente. La ropa interior ha quedado en algún lado.

Respira como saboreando y jalando el recuerdo: alienado, pero también pleno, como cuando completas algo en ti que sabías que te hacía falta.

Guillo se mete en la cama sin bañarse, recordando dónde ha estado el resto de la tarde.Y duerme perfecto. 

Pero antes sonríe y cae en cuenta: hoy es la primera vez que ha hecho lodo.

22 febrero 2013

Sesiones

Aunque las apariencias engañan, en ocasiones lo que se ve resulta por completo cierto. Esta confesión no tiene relación alguna con el cinismo. 
     Mira que sería absurdo negarlo cuando dos policías, seis pacientes, una secretaria y mi esposa me han encontrado sobre el cadáver, una lámpara en mano, mi cara sonriente y el cráneo partido de mi doctor frente a mis ojos.
   Advierto que mi actuación aparentemente vil es un asunto de memoria y no de plena conciencia. No es que me debiera nada, pero la culpa de este crimen debe relacionarse más con el oficio del finado -toda profesión tiene sus riesgos- que a la violencia desenterrada durante una sesión de psicoanálisis. 
     Luego, el verdadero asesino es un niño de cuatro años. 






20 febrero 2013

Rascacielos

Manrique abre el espectáculo de su ventana: frente a un edificio igual al suyo observa un fisgón que sorprende a un sujeto sosteniendo una daga en sus propósitos. 
     Manrique cierra las persianas de su departamento: no desea que lo vean cometer el asesinato.
     Porque así son las ciudades con rascacielos: especulares, espectaculares.





19 febrero 2013

Torpeza

La tipa venía seguramente a su encuentro porque la reciprocidad era innegable en el rostro de ambos. Vi la escena desde la mesa de un café cruzando la calle y les auguré una exacta pertenencia futura. No pude dejar de sentir un dejo de envidia.

Conocía el tipo a la espera. Sabía que acostumbraba adelantar mundos: conjeturé que mientras ella llegaba el hombre imaginó un arribo con suerte, el logro de una cita, seis encuentros, un noviazgo, tantos meses, una boda y un bautizo, cuatro niños, buenos días, una cama bien empleada, una mesa bien servida, muchos años.

Pero ella pasó de largo mientras su torpe y mal augurado servidor -falso sustantivo, nunca lo fue- continuaba imaginando el resto de la historia.

La mujer entró en el café de enfrente: me dio su mejor beso de casada. Opté por no hacer comentario alguno: la inseguridad de nuestro matrimonio es asunto mío. 

Más allá, el tipo a la espera continúa imaginando trazos de mi vida. 







25 enero 2013

Cotidiano

Con una oscilación natural entre lo flemático y lo colérico, con frecuencia suelo ser interpretado como arrogante y asertivo. Por algo entienden como broma mi aseveración de que en realidad guardo fuertes rasgos de timidez y reservas. Me agrada la soledad y el time-out reflexivo, pero también, sobre la marcha, suelo decir que las cosas deben hacerse. Y respeto eso. En medio del sudor frío al hablar en público (algo que se controla con los años), alguien debe coordinar acciones, tomar la iniciativa, ver el escenario frío, considerar los aspectos pragmáticos de los procesos.
     “Preferiría hacer AQUELLO” es una frase paralizante, porque si se trata de elegir optaría con gusto por recostarme a leer cómics. Pero asumo que el deber, como obligación interna, aceptación ética de tu participación en el mundo, se acompaña de la oportunidad y la capacidad, de ser siendo sobre el espacio y el tiempo. No por el asunto de trascender, sino de asumir tus responsabilidades. No por la premisa de sobresalir: celebrar el logro de otros. 
     De una manera azarosa, tal vez, he debido concretar proyectos culturales, organizar eventos académicos, plantear ferias de emprendedores, explorar los problemas de comunicación de las empresas y hasta echar a andar una coronación de una reina universitaria. Preferiría leer cómics, pero ahora disfruto más que mis alumnos los lean y se sorprendan. Mientras tanto, esto de las relaciones públicas y la perspicacia se me da por la combinación de tiempo, los condicionamientos de mis padres, los patrones de comportamiento familiar y muchas, muchas conversaciones sobre que la actitud de servicio no debe confundirse con servidumbre ni servilismo. Luego te sorprendes afirmando: “Preferiría hacerme cargo de ESTO y como recompensa, satisfecho en la noche, me pondré a leer un cómic”.


30 septiembre 2012

La despedida

Porque aquí tienes el caso de un unicornio a punto de llanto: ante la abundancia del Edén, la desolación del destierro. Bajo esa vieja teoría del hechizo implícito en el nombre, aquello de soltar un puñado de letras y atar llamando las cosas y los seres, este unicornio gris sigue una pareja taciturna en el destierro. Maldice aquello llamado lealtad, todavía con significado entre vergeles, manantiales y árboles de la ciencia. Pero ahora la promesa de fidelidad es una maldición sobre las arenas y bajo el sol, sumergidos en este olor agreste llamado pecado.

Adán nombró primero al unicornio con un fin que tuvo un término. Y ya llegará el tiempo de doncellas puras que lo sometan. Pero en el exilio la nobleza es sólo un puré de manzanas, podrido y morboso, tomando la forma del fastidio y el hambre. Y ya llegará el tiempo en que hablen de un cuerno milagroso, de la realeza de su porte. Pero aquí, en el exilio, siguiendo a Eva que sigue a Adán, una lanza es suficiente para atravesar dos cuerpos.






24 agosto 2012

Merolico

Usaba un nombre falso, porque el que tenía no resultaba apropiado para los milagros. Llegaba a cada pueblo en ayunas, y se instalaba en la plaza pública mientras las madres arreaban niños a la escuela. Luego se sentaba y veía pasar el pueblo frente a su plaza, es decir, frente a los ojos. Anotaba en una libreta un detalle nimio, un gesto, un ritmo cualquiera. También cierta expectativa en la mirada de las solteras, las ansias de concesión de los no casados, acaso algunas veces el registro de dos o tres anhelos que olisqueaba en el viento. En el detalle está el destino, decía con cierto fastidio, acostumbrado a interpretar el deseo.
     Solía llegar a cada pueblo los miércoles. Entonces es domingo y se trepa a un banco de colores para pregonar sobre el devenir, la mecánica cuántica y cuánto se conecta y cuánto se decanta. Luego y enseguida la gente lo rodea, convencida por sus palabras y su nombre. Saca su libreta y habla de posibilidades: tú con tal, ella con éste, aquello contigo, ése en fulana. 
    Porque sólo bastaba la posibilidad de la relación leída en los detalles de una libreta para que se soltara una epidemia de matrimonios en cada pueblo. En la combinatoria descansa el destino, siempre el mismo, inevitable. Y me casé por soledad, claro está, pero también porque algo debió haber visto de mí en ti y de ti en mí, allá y entonces, que nos alcanza ahora y aquí: destinados, completos, felices, viejitos.







09 agosto 2012

De lo invisible

Qué te parece si hablamos de este gran elefante blanco que acampa en la sala. Te propongo que lo conversemos libremente, charlemos sus líneas y le demos un cuerpo de palabras más palabras menos. Veamos poco a poco cómo la incomodidad del tema se vuelve hueso y carne, trompa y colmillos. Hablemos por fin de este paquidermo pálido y, cuando esté pleno  frente a mis ojos, ojalá te aplaste sin menoscabo. 






15 mayo 2012

Adivina quien viene a cenar

Por supuesto que lo sucedido en la Universidad Iberoamericana será una ejemplar recurrencia para los próximos días, que no ocurrencia llana. Máscaras como denuncia, frases categóricas y el bochorno esperado, también los acarreados, las salidas por detrás, las apelaciones a la libertad y cierto sentido de logro. Pero también la acusación de que, por ser precisamente universitarios, la palabra enardecida no era lo esperado, ¿Es inteligente la acusación altisonante?¿Era necesaria, oportuna, EJEMPLAR, para que ahora pongamos a los iberos como referencia? Tal vez (no puedo evitar cierto regocijo ante lo ocurrido). Pero luego recordé un caso ficticio que es su momento me pareció sumamente inteligente. La serie se llamaba The Education of Max Bickford (sólo una temporada entre 2001 y 2002). Es el antecedente perfecto de Dr. House: un profesor duro y franco, con desplantes de diva y torres de complejos. Guiones excelentes y un capítulo llamado "Murder of the Fist": Mr. Bickford pelea con sus alumnos y colegas porque defiende, si bien recuerdo, que un candidato detestable se presente en el auditorio de la universidad. Al final, con el auditorio lleno, con los estudiantes preparados a lanzar huevos y demás, en cuanto el sujeto comienza a hablar, Mr. Bickford se levanta y abandona el auditorio: todos comprenden. Lo que defendía no era al candidato, sino su derecho a expresarse, pero también (sorpresa final) su estrategia y derecho de no escucharlo. Mientras el invitado ingrato habla el auditorio se va quedando solo. Fin del capítulo. Genial lo de la Ibero, me dice una de mis partes, pero abandonar el sitio o darle la espalda en silencio, y luego un registro grabado, y cierto sentido de amargura hasta épica en el aire, y un plano cerrado al rostro del tipo... Claro, el problema son los acarreados, siempre ellos. Ah, y también se trataba de una ficción.


22 marzo 2012

La visita que no lo es

Me fastidia la categorización ingenua (o cínica) de la presencia del Papa como una visita de Estado. El Vaticano lo es, de hecho, y eso justifica, en un marco de relaciones diplomáticas, los costos derivados de la logística de seguridad, movilización, estadía e incluso entretenimiento. Gastos mínimos u onerosos, más o menos.

Pero lo católico monopoliza, o lo intenta, un sistema de creencias que deviene ideología conservadora y se rentabiliza en esta ocurrencia electoral. La Iglesia Católica es una institución de fe, pero también un agente de socialización de bienes de salvación que se relacionan directamente con partidos determinados que pueden resultar beneficiados ante la facultad de disuasión y persuasión de un pastor-guía-padre que juega las cartas de un jefe de Estado. Es simple la mirada de la coincidencia: no un año antes, tampoco en el 2013: ahora aquí, en la casualidad de las iniciativas para modificar de ley la libertad de las religiones, en la cercanía azarosa de una votación estratégica, en una crisis de feligreses clave que podría definir un panorama de apertura hacia ciertas libertades civiles. Visita oportuna y oportunista. 

Un Estado evalúa la coyuntura de una país y considera la viabilidad de una visita diplomática: hay momentos sensatos e instantes obligados, también situaciones complejas que deberían dilatar encuentros, por respeto, por solidaridad a sus procesos internos. Las declaraciones de Benedicto XVI tienen un valor simbólico y funcionan como eje opinativo para millones de posibles votantes. Ningún otro jefe de Estado genera este poder de canalización de actitudes: no ayuda a construir un escenario justo en un país que se precia de laico y de una democracia donde el equilibrio es fundamental. La visita papal no respeta la necesidad civil de estas condiciones. Falta definir si es por pésimo gusto, falta de consideración o por mera asunción como la organización política que de hecho también es. Si viene de buena fe, debería saber que la capitalización que harán otros de su presencia no necesariamente la tiene.


06 enero 2012

Una pala

Guardo con celeridad un trauma de infancia: tenía decenas de personajes de Star Wars y solía jugar con ellos en una selva que tenía por jardín. Un día me fui a la playa y cuando regresé ya no me encontré con ninguno.Los busqué y busqué y nunca aparecieron. Luego soñé por años que estaban enterrados y me levantaba con la ansiedad por cavar y tenerlos de nuevo.

Por eso cuando me levanto y ya no estás a mi lado, no pienso que me dejaste, sino que, seguramente, debes permanecer escondida bajo tierra.








05 enero 2012

Preguntas

Porque confesar no es ceder: el desvelo no significa quedar desnudo. Porque prefiero un secreto perdido a un silencio repleto de sinsabores, vulnerable desde sus malentendidos mudos. Luego, el potencial de una conversación, venidas e idas. 
     Pero, me cuentan, es frecuente que la expectativa de conversar devenga en monólogo, y el silencio en el otro es la ominosa respuesta, la exclusión de las posibilidades donde hasta los grillos se ponen incómodos.










24 noviembre 2010

Parábola de la pera en el mercado

Como por arte de magia, porque no se daban los perales en la comarca, un ganadero entusiasta cosechó una jugosa y única pera en la temporada. La llevó al mercado, la presumió sobre un almohadón fino y pidió un precio alto por ella. De lejos magnífica, los comerciantes notaron de cerca que tenía algunas estrías y excrecencias, acaso un verde un tanto desganado. Sin embargo pujaron por ella, porque no era costumbre, les cuento, que se encontraran con este tipo de frutos en el mercado. Pero el ganador pronto supo que no sabía a pera, tampoco a manzana, tal vez sólo un poquito a tamarindo.











07 abril 2010

Explorar el recuento

Interesante, claro, pero no del todo.
Parto del supuesto de que una exposición contemporánea  debe guardar una narrativa en su montaje. Por algo hablamos de guiones y curadurías, de títulos que cohesionen, de la exterioridad del criterio de un museógrafo que se impone a la interioridad del diálogo posible detrás  de una pieza.  Conversan la iluminación, la secuencia, la distancia, la altura, el color de la pared de apoyo: la obra no monologa. Ante el montaje –combinar, ordenar y ajustar las partes de un todo- se exige  lo contrario que al epígrafe que vale, como lo contara Julio Torri, por su inexactitud y calidad de balazo literario: el objeto necesita pausas y pautas, temas opuestos o hermanados, ritmos calculados, no atiborrados recuentos.


Algo raro ocurre con la primera exposición individual de Paco Castro, Flurioux: recuentos y exploraciones: ¿El nombre  ya justifica lo periférico de su narrativa, augura fotogramas de diferentes relatos? Se extraña  la etapa de post escritura antes del montaje, la supresión de párrafos innecesarios por el bien de la historia. Se añora  la eliminación de lo superfluo y los distractores. Extraño la mesura del contenido.   De pronto, la exposición lúdica se transforma en la caja atiborrada donde el niño regañado ha empujado sus juguetes.
Flurioux es una colección dispar de ocurrencias que requieren tocar aún cima y sima. El mayor de los vicios es la ligereza, ensayó Wilde, porque  la importancia y verdad de las cosas subyacen en el fondo.  Ambigüedad expresiva: son numerosas las obsesiones o aún no ha decidido un camino exploratorio para este año. Será interesante observar su avance, sus apuestas, tomar partido por sus obsesiones. Pero aquí, en lo forzado del re-cuento, se pone en juego el valor de las piezas mejor logradas.
Es evidente la relación de Paco Castro con las artes gráficas y el apego a las capacidades del papel. Se nota el oficio y te guiña el talento evidente en la manufactura de las ideas. El papel  y el color como hilos conductores, pero también como conducta hilvanada con la recurrencia de la des-formación. Castro es un indagador inteligente de formas y resulta evidente su búsqueda de confrontar lo plano con la saturación, la plasta con la textura, lo orgánico con la máquina. En esta recurrencia, por encima de la presión de la puesta en escena, pueden notarse las verdaderas exploraciones de conceptos:
a) La des-composición de un centro orgánico que evoluciona hacia una excrecencia expresiva en sus personajes: ¿Hablamos sólo de sombreros, máscaras y puntas de lápices peladas? ¿Una guarida cromática, una abultación que me brota, me expande y continúa? Una cabeza se extiende en un sombrero, unos ojos se extienden en una máscara: el color grita y me grita, se vuelve voz tangible en forma de lengua, pluma y vaina: la protuberancia me esconde, me revela y se rebela. Hipotexto no mencionado: los rostros tapatíos de Castro remiten a los trazos orgánicos y disformes tan reconocidos en el caricaturista Jis, que por lo demás sería un buen homenaje y reforzaría el concepto. Un magnífico políptico de papel donde destaca  la tensión estructural entre la deformidad de los personajes y la llaneza de los cubos donde se dibujan.  ¿Es una versión desde la caricatura de un neo expresionismo ochentero donde la distorsión se justifica desde el derecho de la mirada del ilustrador moderno?
b) El desdoblamiento desde una figura inicial que multiplica tangibilidad y lubrica clonación: multiplicación geométrica de cristales y juegos de luces que se derraman en paredes y en el piso. Prismas de papel que bien podrían emular una de-construcción fractal étnica, por la similitud con el patrón usual de color en sarapes y artesanías mexicanas.
c) La insinuación de una forma a partir de su relieve sígnico, a manera de adivinanza minimalista, a manera de parangón con el test de Rorschach.
Me agrada en Castro que re-contar es re-flexionar y flexionar es alterar sus propios cuentos y miedos hacia lo lúdico. Me gustan sus desdoblamientos y superposiciones, sus excrecencias y convexidades: hacia afuera, constante exterioridad. ¿Qué hay en el centro?
Algunas piezas en Flurioux recuerdan ciertos trabajos ópticos y mínimos de Messen-Jaschin, Vasarely y Frank Stella. Pero sobre todo veo cierta relación con las estructuras y pautas visuales de Sol LeWitt. Sí, cuando se piensa en minimalismo se relaciona con una economía expresiva, en un ABC de formas y colores: parvedad y escasez  frente  a la fanfarronería crítica del Pop Art y la obsesión foto realista de los sesenta, esa tiranía de la referenciación sobre concepto. Pero el minimalismo y el op art, sin intentar representar o simbolizar experiencias ni objetos específicos, también hablan de patrones y modulación, de formas reducidas a un ritmo y la fuerza de la tensión cromática. ¿Estaría de acuerdo Castro con Josef Albers?: “In visual perception, a color is almost never seen as it really is-  as it physically is. This fact makes color the most relative medium in art”. Sus fractales y proyecciones de formas parecen explorar esta idea, pese a lo biológico y figurativo de algunas piezas.  Tal vez hablamos de un neominimalismo orgánico.
Relevante, por supuesto, pero no el todo. Me basta la superficie. El fondo promete.



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7 de abril 2010

05 diciembre 2009

02 diciembre 2009

02 octubre 2009

Razones


Pierdo mi cartera entre el desvelo y el deseo. No será la primera vez que dejo en el camino algo sin estar consciente.
     Pero resulta que un hombre toca mi timbre algunos días después: ha tropezado con tarjetas e identificaciones bajo mi nombre. No me encuentra y me deja un mensaje con el portero. Se llama Gustavo, así, a secas, con faltas de ortografía tremendas en un pedazo de cartón de un empaque de cigarros. Que lo busque en su trabajo.
     No lo encuentro: El hombre trabaja turnos de 24 y regresará en 48. Le dejo a Gustavo, así, a secas, mi tarjeta en la caseta de vigilancia. Me llama, me habla: "Es que, mire, andaba el domingo con mi hija, tempranito, y me encontré identificaciones y tarjetas de un montón de personas, en la calle, tiradas ahí, en la banqueta".
     Quedamos a una hora: viernes a las 8:00 horas. Antes pasé al cajero, porque mi experiencia deducía una recompensa más allá de las simples gracias. Pero el hombre no acepta de ningún modo: "Era mi obligación, a todos nos ha pasado". Gustavo me dice que aún le falta localizar a las otras personas.
 Quedó aturdido.

    

19 septiembre 2009

Dar fe

Hela aquí, Señor, la arena del mediodía es la que mayor problema nos causa al ánimo de nuestra fiereza. Nuestro mal humor viene de la nostalgia irascible, el recuerdo de la sabana, el mismo sol nadir, la hora exacta de la siesta bajo un sutil arbusto africano. Buenos días aquellos de la carne libre, la buena cacería, el correcto sueño. Ya no más. Debemos comprenderlo. Tomar nuestro destino con la ligereza de nuestra calidad de bestias. Pero comprenda Usted, la gritería de este público que pide su muerte aún nos aturde. Somos en el fondo y en la superficie criaturas sencillas: para nosotros son suficientes la tranquila sombra, el merecido bocado, el complaciente apareo. Nuestro somero placer nos viene del instinto. Es por eso, Señor, lo sabe bien, que este espectáculo no significa gloria alguna ante nuestros ojos. Obedecemos lo que somos, saltamos sobre la carne, luego el aplauso de los romanos. Pero Usted y nosotros sabemos que no existe relevancia, compleja valentía. No merecemos la calidad de héroes a la que nos han elevando. No es una labor de orgullo. Nuestra fiereza sólo trasciende bajo el buen humor de los vientos libres. Pero cumplimos por inercia nuestra labor de salir a comer cristianos. 

Pero henos ahora aquí, Señor, Usted ha revelado las palabras ocultas detrás de la memoria. Que los cielos tiemblen, este sol de mediodía estalle, la bella Roma bajo las llamas. La turba histérica mantiene los pulgares abajo, pero usted, sin saberlo, ha mencionado la Ecuación de la Vida. Nada podemos hacer. Que los mares se rebelen, los dioses y los verdugos nos castiguen. Nada podemos hacer. Daniel las ha mencionado y nosotros aceptamos, cual nobles leones, nuestro destino.



08 septiembre 2009

Seis de la mañana

- Seis de la tarde. Debo irme. Diablos, pinche after.
- Te acompaño a la puerta.
- Creo que caminaré algunas calles antes de tomar un taxi. Necesito quemar las tachas.
- Vale, voy contigo unas cuadras y hablamos otro poco.
- Deberíamos tomarnos un café...
- Ok, vamos.
- ... un día de estos. Ja, genial ¿Un Starbuks, La Selva, mi casa?
- Tu casa suena perfecta.
- Perfecto.
- Seis de la mañana. Diablos. Tengo que irme.









28 agosto 2009

Un regalo venido de lejos

Cinco juegos de té, dos casas de muñecas, un horno mágico para pasteles mágicos, tres bicicletas, seis vestidos, cuatro abrigos, veintiséis muñecas: cuarenta y siete regalos para los cinco años de Antonia.
— ¿Cómo se dice, niña? —reclama su madre.
— Graaaaaaaaaacias, tía Karla.
— ¿Te gustó tu muñeca? —pregunta una mujer con cara de muñeca.
— Muuuuuuuuuuhhhho, tía Karla. Está muy bonita.
Pero Antonia no está contenta con sus cuarenta y siete regalos. Falta uno. El más importante. El número cuarenta y ocho: aún no ha llegado el regalo del abuelo Toño.
— No te preocupes, ya llegará —le dice su madre. Recuerda que lo envío desde muy lejos.
— ¡Pero me dijo que sería el mejor regalo, mamá!
— A lo mejor no llega hoy el paquete, Antonia. No me hagas berrinche.
Antonia está a punto de reclamar, pero suena el timbre. Todos voltean a ver la puerta. Toña salta entre las cajas, causa un alboroto y atraviesa a toda velocidad la sala.
— ¡Mamá, mamá, ya llegó!
— ¡No corras, Antonia
— ¡Soy Toña, mamá, como mi abuelo!
Toña abre la puerta y un señor con una gorra azul le entrega un paquete envuelto en un papel que no parece de regalo. La caja es del mismo tamaño que ella.
— ¿La señorita Toña Soto?
— ¡Soy yo! —Le dice mientras le arrebata el paquete y corre a la sala de nuevo. El paquete le pareció muy liviano.
— ¡Da las gracias, niña!
— ¡Gracias!
Quita el papel que no parece de regalo y sacude la caja. No escucha nada. Toña pone la caja en el suelo, la abre con fuerza y mira dentro.
— No hay nada, mamá.
— ¿Segura? Busca bien.
— ¡No hay nada, mira!
Toña sujeta la caja desde sus orillas y la levanta sobre su cabeza. Luego mira hacia arriba.
— ¡Sí hay algo, mamá! ¡Mira, hay un agujero!
Todos los invitados rien: la mamá que le dice Antonia, los compadres, los hermanos, los primos, los amigos, la tía Karla. Toña les muestra la caja dando vueltas para que todos lo vean. En el fondo de la caja descansa un agujero por el que se ve clarito la cara de Toña.
— ¡Es un agujero, miren! —les dice con una sonrisa.
— ¿Pero es una broma de tu abuelo? ¿No te mandó una muñeca? — pregunta la tía Karla.
— ¿Te regaló un agujero? —se escucha en la sala una voz de un niño.
— ¡Sí! —dice Toña feliz— ¡Me encanta!

En los días siguientes Toña no juega con ninguno de sus cuarenta y siete regalos. ¡Pero cómo disfruta el cuarenta y ocho! Descubre que el agujero en la caja no viene con la caja: no está recortado, ni dibujado. El agujero está pegado con pegamento blanco del que no pega mucho. Y cuando lo despega, Toña aprende que puede hacer muchas cosas con su regalo, sobre todo si lo pone en el suelo.
Descubre que puede usarlo como hula-hula, aunque sólo se le vea medio cuerpo y asuste a sus amigos.
Descubre que se puede evitar regaños escondiendo en el agujero todo lo que rompe.
Descubre que nadie la encuentra cuando juegan a las escondidas, pero siempre cuida de agarrarse bien de las orillas para no caerse en el fondo.
Descubre que puede poner trampas para que caigan sus primos y desaparezcan sin dejar rastro.
Descubre que el agujero se agranda si lo piensa o se achica si lo quiere, pero luego se lo guarda en el bolsillo y se le caen las monedas.
También descubre que el agujero no tiene fondo y que puede meter en él la licuadora, cuatro juegos de té, la plancha, dos casitas de juguete, la lavadora, un horno mágico para pasteles quemados, el jarrón de la abuela, seis bicicletas, un zapato derecho, tres vestidos, una tetera, cinco abrigos, una maceta, veintiséis muñecas, la tía con cara de muñeca, la mamá que la llama Antonia, los hermanos, los amigos, los compadres, la casa, la calle, la ciudad, el continente, el mundo entero, el abuelo Toño.
Descubre de pronto que se siente sola.
Así que agarra valor, toma mucho aire y corre hacia al agujero. Toña se echa un clavado, como cuando su abuelo la llevó a jugar a la alberca el verano pasado.

Marzo 25, 2009

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13 diciembre 2008

Atención al cliente

Por fin soy parte de la extorsión telefónica. Dejo de ser un excluido vivencial en las pláticas sobre llamadas extrañas, parientes perdidos y bilocados y niños que no disfrutan tranquilos un recreo porque de pronto los abraza una madre histérica. Estoy dentro: oscilo entre el orgullo de la inclusión (soy merecedor de la llamada, genial), la tristeza de la posibilidad de que cumplan lo señalado y la argumentación sobre la lógica detrás de la calidad del servicio criminal.
     Sé que la cotidianidad necesita de perturbaciones y giros de tuercas, pero la cobardía no es, al menos por común ahora, un buen recurso. Me imagino a un tipo (tal vez un familiar o un viejo amigo), marcando mi número, buscando su estrategia de persuasión, las palabras perfectas que recurren a las tendencias criminales, su apelación al miedo colectivo y a mis inseguridades personales. Luego, mi vida deja de estar tranquila: alguien se ha sentido con el derecho de llegar y hablarme de muertes, ejecuciones y transacciones bancarias. Un sujeto, desde el anonimato, ha intervenido mis problemas cotidianos con su idea de negocio. Me lo imagino colérico e intempestivo (o flemático y parsimonioso), huraño (o amable), emocional (o calculador), egocéntrico (o pesimista). Qué más da si es uno solo o la legión de villanos: ha marcado desde un Starbucks, desde un baño asqueroso de una plaza comercial caída a menos, desde la comodidad de una celda.
     Un número de celular desconocido. Un texto al grano, ominoso: “¿Quieres vivir? Tenemos órdenes de secuestrar a tus hijos y sacrificarlos a Satán. Si quieres negociar, envía mensaje”. El problema es que no tengo descendencia, cuestiono con frecuencia las religiones y mis ganas de vida no necesariamente son destacables. No he sido merecedor de un buen expediente. Ya no se puede confiar en los estudios de mercado. Para qué el regalo de la imagen de la inmolación de un pariente, un cuerpo invadido, un alma perdida. Qué desperdicio de tiempo. Se extraña la personalización de datos, la triangulación perfecta de acciones. Me aburre lo artificial de la trama delictiva esotérica.
     Borré de inmediato el mensaje porque mi humor negro comenzó a alborotarse, a pensar en las respuestas adecuadas: tal vez un “Soy estéril y muero de cáncer de páncreas. Gracias por la consideración. Quizás en otra vida” o un negociable “¿No podrían cambiar mis niños por mis padres?” Ahora me arrepiento. Debí buscar la manera de rastrearlo, reportarlo, mandarlo al demonio (puede ser Satán, si así lo desea), preguntarle sobre sus hijos, su proyecto de vida, su madre. Entender su estrategia de mercado, su ilusión de obtener dinero. Quiero ser empático donde él (o ella, o ellos, o ellas) no lo es. Pero me aburren su miopía, su visión reduccionista del otro, incluso sus faltas de ortografía. Me aterra pensar qué sentirían mis progenitores y mis amigos católicos honestos si recibieran este mismo mensaje. Porque me aterra aterrarme. Echarme tierra frente al terror. Qué agobio, entendido como una vida cotidiana que se sofoca de repente.
     Pero lo que me enoja es la impotencia, el que no me quede otra que dejar pasar, olvidarlo y sólo contarlo, apretujarme entre el montón de testimonios. Me molesta la legislación lenta detrás de la tecnología, el no tener derecho de réplica, la impotencia de no localizar la fuente, de que no tengamos aún acceso a un registro regulado para evitar estas vulgaridades del miedo.
Público, Guadalajara, 5 de diciembre de 2008









18 noviembre 2008

14 octubre 2008

06 octubre 2008

Sacrificio


¿Y si sólo regalara la vida hoy, simple, sin compromiso, sin pensarlo? Convertirme en un mártir para unos cuantos, hasta que se les olvide y pueda descansar por fin en paz, sin un falso sentido de épica. Que sólo importa la buena fama del muerto, solía decir el refranero griego. Pero me falta el coraje necesario y no sé si valdría la pena el sacrificio. Tal vez sólo por la posibilidad de un verdadero remanso posterior, el desplante, las culpas de mis amigos desperdiciando su vida por la mía.


Honor a quién lo merece. Con música de Nick Fevola, Sebastian's Voodoo fue creado por UCLA Animation Workshop.

05 octubre 2008

Just Radiohead

No me preguntes lo que no estás dispuesto a escuchar. No seas ingenuo, cursi y desesperado. No existo para levantarte el ego cada vez que intentas hacerme y hacerte daño: tu vana estrategia para hacerte presente. Pero como aquel poema de Quirarte en homenaje a Casablanca: "Y dice así, miss Ilsa. El Ángel nos asista cuando las notas inunden el café y el huracán despierte".

03 octubre 2008

Días de octubre

Como era costumbre durante los octubres, el Sr. Rivas se levantó enfermo de desmemoria. De nuevo lanzó maldiciones sin destinatarios, porque no recordaba a ciencia cierta los suficientes enojos para mentar las madres necesarias. No se trataba de la gripa típica de los eneros, tampoco de las sofocaciones de los junios, menos del romanticismo diabético que lo solía desolar durante los abriles –a veces hasta los mayos. Era de nuevo la predecible desmemoria, los febriles ratos de ansiedades por la sensación de algo y alguien en un algún lugar volátil y difuso.
     Ni el té de ruda le funcionaba por estos días.
     El Sr. Rivas sólo salió de casa lo más rápido que pudo. Había aprendido a no dejarse llevar por la zozobra de la enfermedad: confiaría en su libro de notas, en las fechas límite cumplidas antes de octubre, en la intuición de que ese algo y ese alguien y ese algún sitio no le reservaban ningún pendiente. Sólo que esta vez caminó y enrumbó y de pronto entendió. Se dejó llevar por algo más que la certeza. Caminó y comprendió que la desmemoria no era del todo una pérdida, que también existen otros remedios que sólo un té muy caliente de ruda. En el camino se dejó saber: llegó para abrazar el algo, el algún y el alguien vueltos uno. Lo supo entonces y confío por entero, aun si lo olvidara tras las horas y lo volviese a hacer presente cuando saliera de nuevo sin rumbo fijo. La desmemoria no se cura, lo sabía, pero el tiempo es un bucle y el cuerpo recuerda. Recuerda, cuerpo.






23 julio 2008

Los caballeros miopes

Lo mejor será suponer que se trata de la misma persona y sospechar también que hablaremos de un hombre: las historias de agresiones en los museos no suelen incluir mujeres enardecidas. Me imagino que el sujeto llegó sin compañía, sereno y dispuesto, y salió deprisa, molesto y heroico, agredida la mirada. Luego supongo, en medio del ciclo, una pluma y un dedo.

Durante años he discutido con mis alumnos y amigos la estrecha relación entre los géneros y el uso del lenguaje. No es una sola charla, porque el tema es potencia dialógica y amplia sobremesa: la apropiación de las palabras, la coacción velada de los discursos tradicionales, la ingenuidad de no cuestionar nuestras prácticas, la complicidad del silencio. Muchas noches y muchas clases. También bastante humor negro y juegos ácidos sobre las incongruencias del cliché de rol y la vida cotidiana.
De estas conversaciones surgió hace meses la invitación a debatir visualmente distintos aspectos de la misoginia y el lenguaje. Se trataba, sobre todo, de presentar un juego de piezas desde lo masculino que adoptara frases comunes sobre el rol y conducta de la mujer en México. No deseaba tomar elementos de la gráfica popular mexicana, con ilustraciones salidas de Sensacional de Traileros o de carteles de películas viejas de ficheras: quería algo conceptual, en el buen sentido del término, objetos disonantes, algo que estableciera una relación entre la frase sexista, peyorativa y “caliente” y una pieza adusta y práctica en su elaboración y material, pero intensa en el uso de colores. Por ello el mínimo de detalles y formas orgánicas, más relacionado estereotípicamente con lo femenino. Por ello el uso del metal y artilugios mecánicos, como elementos fríos y lógicos impuestos sobre una idea que minimizaba a la mujer. Se trataba, sobre todo, de un ejercicio de semiótica y un sondeo de recepción en una ciudad que suelo señalar como incongruente en sus distintas buenas costumbres.
De estos planes surgió Mami: misoginia y otros placeres, presentada en Casa Museo López Portillo durante el mes de abril de 2008. De aquí surgió la pluma y el dedo. También la nostalgia de un autor que aún no conozco.
En realidad en aquellos días mi atención no se colocó en la posibilidad del rechazo: lo esperaba de hecho: divertido, dialéctico. Más como una exposición de producción cultural desde la perspectiva del género que el lucimiento de objetos con la muletilla “arte”. Esperaba el reclamo o el signo de dudas, el llamado activista o el retiro de piezas. Aguardaba cualquier reacción por acción válida: feliz de la vida. Lo que me preocupaba era el sentido de las piezas compartido. ¿Bastarían 9 ratoneras de campo pintadas de rosa para representar en conjunto la sustitución sin conflicto de vulvas en tiempos de carestía? ¿Un cubo de madera sellado, con cinco cerraduras que no abrían nada podría remitir al concepto de “mosca muerta”? ¿Un ataúd de metal con tres conos estratégicos puede señalar la utilidad simplista de las concavidades femeninas? ¿Soy un misógino que se dilata y caldea o soy el tipo que quiere ser moralmente incorrecto? ¿Amoral y correcto?
Para cerrar un poco más la brecha también escribí la hoja de sala como guía de intenciones:

Desconozco hasta qué grado soy un amigo de las vaginas como lo define cierto monólogo de Eve Ensler. Pero aquí, en confianza, te digo que me siento más seguro en y entre ellas.
Llevo años consciente del carácter misógino de mi lenguaje, de esta supremacía fálica de mis palabras. Tantas bromas entre los varones, tanto imaginario, tantas replicaciones de nuestra falta de tacto. Es tan cotidiano que apenas lo percibimos: fácil, zorra, mosca muerta, mamacita. Lo hacemos porque las deseamos, les tememos, nos desilusionan el morbo, les huimos la valentía, fantaseamos con no entenderlas. Sabemos acerca del poder de convocar poder sobre (dentro de) ellas. Dominamos nuestras palabras alrededor del falo y dominamos el lenguaje alrededor de sus vulvas. Cuando una mujer las domina se le trata de puta, sucia, casquivana y cascos ligeros (que no es lo mismo).
Afirma Certeau que tomar la palabra construye un espacio simbólico desde dónde defenderse, pero la mayor parte de mis amigas guardan en silencio las posibilidades lúdicas de su propia misoginia y se escudan en su vergüenza, su sentido de buen gusto, la opacidad de la costumbre. Pero no es el mismo “coño” el que menciona con descuido un hombre que el que convoca con seguridad mi hermana o mi madre. Si los hombres nos desdoblamos y el pene es un compañero al que halagamos y maldecimos, la sexualidad femenina debería tomar poder (mi ingenuidad me impide ver si ya lo han hecho) a través de la domesticación de nuestras propias frases peyorativas: pescado, agujero, bollo: Leviatán, Maelstrom, ostia carnosa. Al enojarse con nuestra miopía sólo alborotan el lado infantil donde el que se caldea pierde. Olvidan que, en el fondo, cuando trascendemos el carácter utilitario, somos púberes pasmados y arrodillados ante una bestia sagrada de la que renegamos por su hermetismo. En este sentido, esta exposición es una provocación y una invitación, pero también un juego de niños de representar visualmente nuestra ofensa/ignorancia/temor. Ambiciono sobre todo una mitología desde lo femenino que confronte el bastón de mando, el obelisco, la erección: los giros de Charybdis, los dientes de Escila, el horno del alquimista, la vagina dentada. Un campo de batalla discursivo donde circundar tenga tanto valor como penetrar: que me digas “yo te cubro, soy el papel que envuelve tu piedra: he ganado por el momento”. Me afano en que me digas, “si me ofendes de nuevo te muerdo con arrogancia.

¿Bastaba la invitación y el desafío? ¿Un llamado a una lucha de apropiación de palabras? Siempre supongo ingenuo que se entiende el juego: no suelo dejar espacio para los escotomas morales, ese lugar donde te es imposible ver la idea del otro aunque tengas el instructivo enfrente. Esta es la incisión por la que suelen entran las sorpresas. Luego, un dedo y una pluma de un autor anónimo enojado no dejan de ser predecibles.
Había una vez una pieza llamada Mis primeras letras: simple, divertida, pasajera. Intentaba jugar con la bifurcación del respeto entre la madre propia y la de los otros desde los primeros años de escuela. Estaba formada por dos pizarrones en serie: en el de arriba, con letra infantil y gis común, “mi mamá me mima”; abajo, “tu mamá es puta”.



De repente, la palabra quema: zoom moral: primer plano: es una puta que ya no es gis y ya no forma parte de la pieza: es una palabra ajena, en mayúscula caldeada: ofensiva: PUTA: enorme y caliente: y yo soy el héroe, el bienintencionado: mis ojos se duelen y mi dedo borra: PUTA, PUTa, PUt, Pu, p…
Soy el defensor de las damas de buena cuna, soy la salud curando espantos: soy un hombre: soy EL HOMBRE. Soy el caballero que la rescata del peligro y la devuelve a la casta torre; soy el soldado que utiliza una falange para alejar a la madre vieja de la vieja sucia. Porque si borro la palabra ya no existe y sólo queda el mimo, mi mami, la tuya limpia, el decoro. Cuánta responsabilidad en este mundo para los de buenas costumbres, cuánta carga ser decente. Cuánta razón en el nombre de la exposición: soy un niño bien portado que ha crecido bien portado. Mi mamá me mima si la escondo, si la dejo en el pedestal, si hablo por ella, pienso por ella, hablo por ella, borro por ella. Porque los caballeros las preferimos santas.
Luego la pluma después del dedo, porque es necesario que sepan que estuve aquí, aunque no firme, aunque sea anónimo. Para qué dejar mi nombre si represento la decencia, si lo que importa es mi enojo gráfico: “Qué corriente y bajo eres –escribo en su libro de mensajes-, más los de esta casa que permiten tanta bajeza; por qué no encueras a tu madre y exhibes basura”.
Me dicen que sólo es una estrategia de condescendencia, que me confirmo varoncito. Me dicen que compenso mi frustración de no ser el superhombre que mi única y válida educación convoca. Me dicen puritano con piel de lobo, pero no saben que la moral es selectiva, que es un estado de ánimo focalizado sobre lo que percibo como bueno, y son signos de bondad un dedo y una pluma, la cobardía en una sala sola.
Soy el caballero que sabe cómo serlo según mi madre beata. Soy el héroe de mis mejores cuentos de hadas. Sordo, miope, irreal. Misógino sin saberlo. Pero decente.

22 septiembre 2006

Agua de horchata


Algo se exprime, machaca y mezcla: algo se endulza. Luego tienes una bebida que te levanta el ánimo bajo el calor, tal vez te conforta. Quizás por ello en México la palabra horchata tiene otra acepción: algo que también te reconforta en su multiplicidad, te levanta el ánimo en su cadencia. Algo también se endulza, se mezcla, machaca y exprime: la carne.
     El problema son las moscas muertas, los engreídos moralistas, los asustadizos de los números. Valido el dos en la cama, cualquier adición se representa como vicio, falta de llenadera, gula de entrepiernas. Tenemos tan interiorizado el esquema de la pareja que las triadas y los cuartetos se nos muestran poco verosímiles, demasiadas las intersecciones. No hablemos siquiera de otros polígonos más exigentes. Los números no deberían vestirse con moralinas. En lo particular el tres me parece un número perfecto: explotable, explorable.
     La horchata forma parte de las conversaciones incómodas casi a nivel de mito urbano: qué susto, qué asco, yo no participo o, sobre todo, no lo reconozco: no vayan a pensar que la porno fuera de cámaras me agrada tantito, que la sordidez me allana mis buenos modos, que mis fantasías se pudieran cumplir ligeras y me gusten las fotos que me tomaste. El sexo plural parece que no se lleva con la gente decente. Tiempo atrás, cierta persona se asombraba con mi facilidad discursiva al respecto y, asustado por mi bajeza moral, tuve que recordarle su comportamiento de lo más oral con el sacerdote de su lúbrico retiro católico: se puede cambiar de santito en diez minutos y rezarle con diferentes devociones.

     Cierto amigo me aseguraba también hace años que jamás participaría de tales encuentros. Su argumento central era la torpeza posible de su carne, el desenvolvimiento de su cuerpo confrontando dos o tres frentes: expuesto desde varios flancos. Es el mismo principio de apagar las luces: el pudor te protege más allá de las calenturas, aludes al romanticismo de encontrarse sólo dos miradas entre las penumbras. Luego terminas y te vistes aprisa, pudoroso, antes de que te vean más de lo permisible transcurrido el deseo. En la horchata es lo contrario: requieres del cinismo de una libido despojada de hipocresías. “Esta oscuridad no es para cuerpos tímidos” dice un verso de Kavafis. Necesitas adentrar y retirar, enlazar y aflojar, conciliar saliva, dejarte impulsar por los múltiples vistazos de los posibles engarces.
     Además de la franqueza para con tus deseos, para participar de la sexualidad múltiple se requieren a priori ciertas competencias: voluntad y desparpajo, buen humor e intimidad negociable, también un poco de distancia afectiva. Es una tontería involucrarte en medio de un colectivo de sexo. La horchata vale sólo por el instante y el recuerdo cómplice, no por la sutileza de perennidad implícita en el drama amoroso: necesitas distender el enlace entre la monogamia y el hedonismo. Es de pésimo gusto que desfogues un trío y después comiences con fantasías de pareja: necesitas el sentido común de la frivolidad decadente y el temperamento de la amistad. Desde mi experiencia, una relación establecida de complicidad amorosa puede dañarse por la desigualdad moral sobre el rumbo del vínculo de pareja, no por las ingenuidades de un tercero que maximiza su relevancia afectiva en la cama ajena.
     Para una buena horchata necesitas no mentirte, ni involucrarte, ni asustarte. Necesitas ser un tanto cosmopolita, tal vez porque debe valerte poco la presión de los conocidos o la ingenuidad de ciertas tradiciones. Desconozco su frecuencia en la cándida provincia: debe ser más frecuente de lo que prejuicio. Agregaría un requisito más: debes fluir mediato, en corto, sin expectativas del mañana. Los mejores encuentros son producto del azar de la parranda y la malicia de los cómplices; los peores, los que desembocan en la improductiva culpa. Las reuniones planeadas suelen frustrarse o denigrarse bajo las expectativas, y luego lo mejor de la noche resulta sólo lo creado en tu mente. La mejor coalición es cuando reciclas alguien de tu pasado donde el deseo subsiste: la confianza cuenta en las sumas.
     Salir aturdido, adolorido, repleto de intersecciones: cómplice con tu lengua, fresca la cebada.

Silencio en convenio

Hace años establecí una norma limitante en mi relación con mis amigos: no intervenir discursivamente en nuestras relaciones amorosas. Ya era suficiente enfrentar en solitario los celos de los cuerpos transcurridos, los equívocos de lo no comunicado. Cuando realmente me importa mantener la amistad, esta regla técnica en nuestras palabras nos protege de futuros reclamos e inseguridades gratuitas en la relación. Pero no estoy seguro que ellos terminen por entender mi renuencia a mantener el silencio, a expresar sólo el lado positivo de sus parejas: (les) puede aún bastante la idea de la sinceridad entre los amigos, la necesidad de que el Otro apruebe lo Suyo. Con los años he observado que mis amigos más felices son aquellos a los que les ha dejado de importar las opiniones ajenas sobre la fealdad, la ausencia de educación, los kilos extras, la cartera gastada de la carne en turno. Omitir concientemente baches en las opiniones es mentir, pero es un embuste prudente que aligera la presión y aletarga el momento donde por nosotros mismos nos desilusionamos, caemos en cuenta y dejamos atrás el enamoramiento primigenio, asunto que puede aún resultar en una nueva relación mucho más sensata y cimentada. Si el amor es una larga despedida, como dice un verso de Pedro Salinas, adoptar esta norma ha permitido, en mi círculo interno al menos, que cada uno disfrute y padezca la relación a su propio ritmo, y nos despidamos de ella desde nuestra propia percepción. El problema es el manejo de la culpa, porque no podemos entonces responsabilizar a Otro por el rompimiento.
Tal omisión sobre nuestras opiniones conlleva un principio ético: tras esta libertad que nos aporta la relación con nuestras amistades, tras este permiso aparente, y compromiso, de hablarles con la verdad y confrontarlos, se desvía la mirada sobre la responsabilidad de nuestras actuaciones sobre los amigos. ¿Quién soy yo finalmente para decirle a alguien quién le conviene en la cama, quién le empareja con su fachada? He conocido, y pertenecido, a grupos donde los de naturaleza líder derraman a discreción crueles dictámenes, aprueban vínculos o deslegitiman posibilidades amorosas. La norma se basa en un umbral prudencial de responsabilidad: las opiniones de nuestros amigos nos pesan, más de aquellos en los que hemos cimentado la confianza, la intimidad y la consejería. Palabras como “gata”, “gorda”, “naco”, “corriente” y “anciano” pueden ser completamente relativas y ambiguas sobre nuestras parejas y podemos adoptar la actitud de solvencia y seguridad, pero la carga de la imagen nos queda, media y carcome la convivencia, y puede acelerar el proceso de despedida ante los inseguros, o puede, en un afán de aferrarse sin oídos a la relación, provocar una retirada del grupo. Después de los treinta, creo que la mayoría ha conocido historias de amigos que se alejan con su pareja acusando de envidia a los camaradas y personas que acusan a sus compañeros del rompimiento de la relación “perfecta” (por supuesto, cuando el cierre es por circunstancias “ajenas” nos es fácil sublimar al individuo perdido y extrapolar la responsabilidad de la pérdida).
Así que hace algunos años, tras entrar durante una década en el juego de escuchar y emitir opiniones, algunas nimias, otras dolosas, pero siempre de “buena fe”, decidí deslindar a mis amigos del compromiso moral de decirme sus apreciaciones sobre mis parejas. Y viceversa. Se convirtió en una exigencia a priori en nuestra amistad. Nos hemos lavado las manos y dejamos el ondular de la relación en nuestras propias y privadas responsabilidades. No se trata de no escuchar problemas y negar un consejo, sino priorizar el acompañamiento, con frecuencia en silencio, y fomentar una actitud mayéutica donde lleguemos a una evaluación propia sobre nuestros vínculos. Salimos mejor librados cuando preguntamos, a cada paso, cómo te sientes y qué piensas, que expresar unos apocados y poco responsables “te dije que no te convenía” o “eso te pasa por salir con gatas”. Por supuesto, la regla no se aplica en casos de asesinos seriales, ladrones compulsivos y golpeadores natos, en cuyo caso la advertencia no debe quedar en el vacío. Todo lo demás, sadomasoquismo en la alcoba, vividores de profesión, asaltacunas con colmillo, pretensiones de vida elegante, infidelidades al paso, son asuntos que la pareja debe negociar en privado y experimentar el proceso.
Esta norma de expresar sólo facetas positivas de la percepción también guarda tonos de comedia y de revancha, y el silencio, la omisión del lado negativo de la apreciación, puede aportar los goces necesarios en un discurso mudo. Hace algún tiempo me involucré de forma terrible, en el sentido de intensidad y obsesión, con alguien que, a todas vistas, constituía la representación, al menos en apariencia, de las prioridades de compañía que en ese instante marcaba como requisitos. Me abordó en una biblioteca donde realizaba ciertas tareas hemerográficas. El lugar, sublimado, me parecía el sitio idóneo para conocer posibilidades de relación. Por supuesto que es una ilusión óptica, que guía la manera de involucrarse. Años atrás, cierto amigo conoció una persona en unos baños de vapor y me contó entusiasmado la morbidez del encuentro; días después me comunica que ha mantenido el contacto y, la recreación de la realidad, me persuade a las tres semanas que, ante preguntas insidiosas, altere la versión de origen y establezca, como lugar del encuentro, la Biblioteca Pública del Estado. No es el lugar, sino la persona, pero el espacio impone los autoengaños y la variante del involucramiento. Al menos para este amigo, la versión de origen le continuó pesando demasiado, en un discurso de celos y paranoia, a pesar de que los demás conocían un inicio más “legítimo” y candoroso. También caí en esta ilusión del espacio. Me pareció idóneo el encuentro entre un bagaje de datos, papeles y una actitud de suficiencia intelectual. Ahora por supuesto me incomoda la sublimación establecida por el deseo, pero hace años marcó la pérdida de una proporción debida para con la persona. Como me confesó que tenía una relación previa de dos años a punto de terminar, me pidió el tiempo necesario para finiquitar el vínculo y construir la posibilidad que ambos recreábamos en las conversaciones. Aunque mis amigos jamás lo creyeron, los siguientes seis meses me mantuve célibe, también imbécil, en el autoengaño de asumirme como merecedor de la relación. Dos días antes del encuentro programado me habla para postergar la cita dos tardes y, el día del enfrentamiento, me compone una historia de deslegitimación: de repente resulté demasiado complejo, asertivo, franco ácido y con un pasado disoluto que generaba desconfianza y malos augurios. Había conocido un hombre una tarde antes, en una tienda de discos y, oportunamente y a tiempo, había resultado con los atributos buscados por la inercia social: un tipo bueno, cortés, saludable, inocente, reservado, sin pasado reprochable: confianza absoluta y buenos augurios. Obviamente no hubo reclamo y mentí sobre mis emociones: minimicé discursivamente mis expectativas, mencioné entre líneas la curiosidad de que también yo había conocido otra persona, verbalicé los mejores deseos y me despedí de la manera más honrosa encontrada. Creo que incluso pagué la cuenta y me despedí con un abrazo. Asumí, en otras palabras, la parte del ridículo y la frustración. El problema mayor fue la parte de la amistad, un hecho en el que se hizo hincapié, y la tácita apertura de salidas civilizadas con nuestras parejas en turno. Todos felices.
A tres semanas de una distancia prudente, una llamada me invita a programar un encuentro y, asumiendo una madurez que no tenía, por supuesto, efectuar la presentación oficial del hombre absoluto y adecuado. Tres semanas pueden convencer con bastante firmeza. Cena en tres tiempos en mi terraza: no tenía caso alguno negarme, en mi insano mundo, el honor de la introducción y la comparación con la alternativa. En el fondo, nobleza inocua, consideraba que si el individuo resultaba con los atributos descritos, no me quedaría de otra que desear fortuna y comportarme con la mayor de las consideraciones. Sí, crónicamente civilizado. Todos felices. Tocan la puerta, abro nervioso y, como diría Ochoa Sandy, termina el tiempo exterior e inicia el tiempo interior. Una semana antes, en una de aquellas fiestas de balconeo y sordidez, un grupo de conocidos me había narrado la historia patética de un hombre mitómano, conflictivo y con dobles parámetros, un tipo al que dejaban en la esquina de su “casa”, en una de las mejores colonias de la ciudad, y luego emprendía la huida, con los padres negados, en una colonia marginal de Guadalajara. La narración venía con un pícaro anexo: una lista de aspectos sexuales un tanto (bastante) vergonzantes. Pero no es el fin de este escrito la descripción de penurias. Fin del tiempo interior y regreso al tiempo exterior. Tocan la puerta, abro nervioso y, el silencio puede ser revancha no buscada, las coincidencias aportan su dosis de placer. Omití por supuesto el aspecto negativo porque, al fin de cuentas, era mi trato de amistad, pero alenté la conversación sobre historias de vida y las inmejorables posibilidades que les veía como pareja. El tipo me reconoció de inmediato y el resto de la velada, también durante las siguientes semanas, esperó que contara viejas historias y hechos concretos y decadentes de su pasado: no era mi asunto, era un proceso amoroso que merecían experimentar por sí mismos y una relación por la que habían optado de forma completamente libre. Me perdí en la cuenta de las mentiras mutuas en el transcurso de los ochos meses de pleitos, berrinches, descubrimientos y reclamos que aderezaron la relación. Sólo me limité a escuchar y acoplar los datos. Está demás afirmar que la cena estuvo tremendamente divertida mientras los escuchaba formular tremendos planes de vida marital. Todos felices.
Hace días me enteré de un conocido que abandonó una relación de años porque, afirmaba públicamente, había encontrado a la persona perfecta en su vida. También escuché que esa persona es precisamente aquella con la que su relación pasada lo había engañado. Hasta el momento no sé si sus mejores amigos conocen este dato o si estarán de acuerdo conmigo en la necesidad de establecer una norma de silencio.

La breve hondura

No es que me escude en las palabras: abuso de ellas. Es un asunto de facultar la distancia por más que intente fomentar la cercanía. De aquí la hipócrita culpa. Certeau decía que la toma de la palabra implica tomar una posición frente al mundo. Lo que también significa que callar retrae, te coloca en un segundo frente. Tal vez porque soy de una naturaleza sumamente insegura confundida con arrogancia he tenido que pasar adelante con ciertos recursos, fingir que tengo más que decir en más tiempo que el adulto promedio. Se trata de un severo pecado porque me excedo consciente, me desbordo en la superficie. Apenas comienzo a valorar la relevancia del silencio.
Debo aceptar que la parquedad me ha enseñado bastante y ahora rodeo los rodeos y los estilos obesos en sus explicaciones y aderezos: intento ir al grano en la complejidad del asunto y los esquematizo en hechos y posibilidades sensatas: dejo espacio también para el what if porque en realidad se trata de un diagrama de flujo que intensifica la vivencia y somete a crítica lo obtenible. En ocasiones desearía no involucrarme en esta dinámica de explicitud no requerida o en una tripodología felina que suele fastidiar a los involucrados. Asumido el pecado, ahora se trata de encontrar lo necesario y lo suficiente en la charla, la crítica y la mirada. No sé si lo que he logrado es sólo incongruencia y un simulacro de dirección sensata.
También acepto que mi desparpajo verbal se contrapone con ciertas lecciones. Con los años de uso, las frases más punzantes han aparecido en la pantalla de mi teléfono móvil o en una ventana messengeriana: una negativa absoluta, una frase contundente sobre mis pecados o sobre mis expectativas. Bajo el supuesto de los múltiples lenguajes en juego, solemos decir que las conversaciones más trascendentes deberíamos reservarlas para una interacción cara a cara, que la frialdad de la palabra en estas tecnologías supone vacíos de interpretación que denigran el valor de una conversación “real”. Una parte de mí dejó de estar de acuerdo. La celeridad de estas frases suele angustiarme porque intento contextualizarlas, ubicarlas, anexarles diferentes emociones que las maticen. Tal vez me autoengaño y esa oración tajante sea la respuesta más severa pero honesta que busco obtener y que aclara el punto: “Contigo no quería hacerlo sentir” o “Más importante es mi trabajo” o un “ok” angustiante que todo lo acepta con vileza o un “gracias” que te suena a ironía absoluta: haikus tecnomediados. He aprendido más de la parquedad de estas frases que de millares de palabras aglutinadas en ciertos textos. Dicen que lo contemplativo de un breve instante abre certezas: me parece que también domina demonios. Debo aprender a no exigir más información sobre estas frases, dejar de apelar a la comunicación perifrástica. Tal vez esa persona es todo lo que tiene que decir, quizás es todo lo que debía expresar para mostrarme el inicio de un fragmento de vida, la relevancia de una emoción co-construida o el término de una relación más o menos relevante. Debo aprender a valorar más la importancia dramática y honda del texto breve, tal como lo hacían Julio Torri y Monterroso. Existe un viejo chiste de un Leopold von Sacher-Masoch descendiendo alegre a las torturas del infierno para encontrarse con el marqués de Sade. Aquél encuentra su contraparte y le pide que lo humille, lo martirice, lo azote, lo someta a voluntad por los siglos que les resten. El filósofo francés sólo se limita a contestarle un informativo, tajante y profundo “NO”. Mayor perfección no es posible.
Hay una frase que constantemente retoma Oscar Wilde en las epístolas de De Profundis: “El mayor de los vicios es la ligereza, sólo lo que se queda en el fondo realmente vale”. Tal vez es la razón por lo que me desespera producir ensayos extensos donde la redundancia y sobreexplicación sólo vuelvan más boyantes las intenciones. Un ensayo corto es una eyaculación lingüística: al final lo que interesa es la voluntad de llegada ante esa fugacidad de una pequeña muerte que realmente importe y el aceptable fastidio inmediato a los agradecimientos, las culpas o el gemido. Un ensayo corto se hunde rápido, claro, pero algo en su adecuada materialidad toca el fondo con un sonido hueco, apagado y sensato, fuera de la espectacularidad de un gran bote en naufragio épico.
Recién ayer un amigo me decía que algunos de mis textos apelaban asuntos ligeros que, posibles de profundizar, quedaban en la superficie por su carácter costumbrista y vivencial: debía superar la ocurrencia para lograr una recurrencia humanista, relevante. Le doy la razón en cierto sentido: cualquier texto es explotable hasta disfrazarlo de trascendencia y anclarlo con mitos y obsesiones básicas de la existencia del hombre. Pero se trata de diferentes fases de un juego literario donde la experiencia se vuelve academia y luego rigidez estructural y luego institución. Para la resolución de estas brumas personales, prefiero quedarme en esa superficie de la vivencia reflexiva y en la frivolidad aparente de escribir para mis amigos. Solemos olvidar que la filosofía es más una actitud de cuestionamiento constante de lo cotidiano que un recuento de cavilaciones milenarias de un puñado de necios. Estos textos son una minuta de nuestras conversaciones y una piratería redundante de nuestros encuentros. Es un esbozo de sorpresas al paso, de nuestros escándalos y miedos, reafirmación de nuestras oscilantes franquezas. Son notas superficiales porque se quedan en la inmediatez de un intento de comunión y un experimento de reafirmar que esos arquetipos temáticos “profundos” se actualizan de una curiosa manera entre nosotros. Suelo escribir teniendo un puñado de amigos en la memoria, hibridando sus historias, las mías y la de nuestros enemigos, también las de aquellos desconocidos que nos alteran en los cruces. Suelo escribir pensando en el guiño de complicidad y la posible malicia lectora que puedo causarles. Por eso no puedo prescindir en estos textos de las anécdotas: sin ellas me arriesgo a la extrañeza y que mis amigos no se reconozcan en ellas y le den un sentido vagamente literario y no personal al ensayo: me arriesgo a que se queden ligeros. Al menos evito los nombres propios y la temporalidad banal como recurso pragmático para líneas alternas de lectura. Si en el camino el texto es dialogado entre otros es un asunto de ego consecuente, no pretexto de origen. Tiene razón este amigo sobre la escondida vulgaridad de la escritura académica: suele disolver el aspecto humanista de la interacción y la intimidad de la palabra, suele dejar de lado la obsesión por escudriñar los demonios personales y los santos griales particulares y fervientes. Me parece que en evitar esta actitud vulgar radica lo profundo, palabras más, palabras menos.